Democracia constitucional o liberalismo democrático en tiempos de guerra

El dilema para las democracias liberales parece estar entoncesen la disyuntiva entre aliarse en contra de sus enemigos externos, violentando así algunos de sus principios, o aceptar a sus enemigos, corriendo el riesgo de ser destruidas por ellos, desde adentro

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Foto: EuropaPress

 

Como todos podemos apreciar la democracia liberal en el mundo, desde fuera y desde dentro de sus países, se encuentra acosada por las arremetidas del eje conformado por Rusia, China, Irán, Corea del Norte y sus aliados.

Tal acoso se incrementó a partir de la invasión de la Rusia de Putin a Ucrania, que comenzó en 2014 con la anexión de Crimea, ahora con el apoyo de la bielorrusa de Lukashenko y la “vista gorda” de algunas democracias europeas, entre ellas las de Hungría y Turquía, que se venían apartando del esquema liberal occidental. A ello se agregaron los movimientos antidemocráticos ultranacionalistas, de izquierda y de derecha, hoy aliados, que emergieron en el seno de la comunidad europea y en América.

El resultado es que se formó una alianza multivariada, comandada desde Moscú, y apoyada y protegida política, económica y militarmente desde Peking y Teherán. 

Una alianza, dice Fernando Mires, “no concebida en torno a ideales o intereses comunes sino por un solo punto: la negación de la democracia (que, por cierto, ninguno de ellos conoce) … una enorme contrarrevolución antidemocrática a escala mundial … unida por un profundo miedo, transformado en odio, a la democracia liberal”.

El dilema para las democracias liberales parece estar entoncesen la disyuntiva entre aliarse en contra de sus enemigos externos, violentando así algunos de sus principios, o aceptar a sus enemigos, corriendo el riesgo de ser destruidas por ellos, desde adentro. 

En este punto, quizás sea bueno recordar que la democracia liberal es solo una forma de la democracia, pero no “la democracia misma”, y que respetar todas las libertades y los derechos del ciudadano en detrimento de la constitución y las leyes, es un riesgo demasiado grande para su sobrevivenciaen tiempo de guerra.

Como bien advierte Mires, “lo que está en juego no es la pervivencia de una ideología, en este caso la del liberalismo político, sino la estructura institucional de toda democracia. Eso quiere decir: los enemigos internos y externos de la democracia no atentan en contra de una ideología sino en contra de las constituciones, las leyes, y las instituciones, es decir, contra de la soberanía interna y externa de cada nación”.

Así que, frente al avance de la autocracia, lo que toca es defender la soberanía del estado nacional para que no sea sobrepasada por movimientos antidemocráticos internos y que a lo externo sea capaz de detener las amenazas que provienen de las dictaduras que la acosan. 

Una buena propuesta es, comenzar a considerarque, bajo condiciones de guerra declarada o no, resulta conveniente apelar a las llamadas “leyes de excepción” que la mayoría de las constituciones democráticas contemplan, como para enfrentar las catástrofes naturales, o para hacer frente a las amenazas que provienen de estados enemigos, pues en los casos de la Unión Europea y de América, los partidos y países “amigos del enemigo” han conformado coaliciones contrarias a la democracia, liberal o no. Y como opina Mires, “no se trata de disminuir el campo de la democracia o sus valores, sino fortalecer sus mecanismos de defensa, aunque eso no siempre concuerde con el credo liberal”.

Se trata entonces, de promover una cooperación más intensa entre los países y movimientos democráticos de cada región, que fortalezca los liderazgos nacionales y populares para cerrar el paso a los países y movimientos anti democracia, porque de seguir las cosas como van, los desafíos y sacrificios a que serán sometidas las democracias del mundo y sus pueblos, serán enormes.

Para empezar, el inevitable incremento del gasto militar, irá acompañado de una reducción de la inversión en los servicios públicos y en el gasto social, con el correspondiente impacto en la dinámica económica y el nivel de vida. Luego vendrán los demás efectos materiales y psicológicos de vivir en una circunstancia de guerra latente.

Eso requerirá gobiernos fuertes y líderes populares, es decir, instancias de conducción que operen la comunicación directa entre gobierno y ciudadanía, con capacidad pedagógica y de verdad, consigo mismos y con los demás, para poder enfrentar la arremetida de los países y partidos extremistas y populistas alineados contra la democracia. 

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