"Tengo miedo de ponerme bien"

Artículo de opinión del profesor de la UPC Miquel Escudero

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La adicción al juego es un grave problema. Foto: Europa Press

 

Hay una industria poderosísima que persigue la adicción al juego, esto es, que cada vez haya más gente enganchada a él y clientes que no sepan vivir sin perder dinero en un mundo de fantasía frenética y compulsiva. Es asombroso y podemos decir que cínico, que esos complejos industriales incorporen centros de recuperación para los adictos patológicos al juego. La jugada es completa: se hace negocio viciando al personal y luego se les ofrece, a ellos y a sus familias, una salida terapéutica a los daños que han promocionado intensamente. Un negocio redondo. Son empresas dedicadas a fomentar círculos viciosos, en lugar de promocionar la mejora social e individual. Lo único que les importa es el vil metal.

Al acabar su segundo mandato presidencial, Eisenhower se despidió de los estadounidenses con un discurso televisado. Fue justo antes de dar paso a Kennedy, el nuevo presidente electo. Aquel general de cinco estrellas aludió directamente a los efectos desastrosos de ceder a las presiones del negocio del ‘complejo militar industrial’; un gesto que aún hoy resulta sorprendente. Advirtió del riesgo que suponía que la política que debe velar por el interés público se volviera cautiva de una élite científico-tecnológica. De hecho, quienes, en buena medida, mantienen cautivos a los pueblos, son los señores de la guerra y del armamento, pero no remató el razonamiento. Inevitablemente, esta omisión lo implicaba.

Es palmaria la contradicción en que nos vemos asolados con los avances científicos y tecnológicos. De forma natural, éstos causan una honda impresión. Pero la admiración no puede ser completa cuando sirven para producir gravísimos e inusitados daños. Hay una aplicación destructiva realmente brutal. Mientras la Segunda Guerra Mundial concluyó con el terrible arrasamiento de las ciudades japonesas Hiroshima y Nagasaki (dos bombas atómicas en cuatro días), la Primera Guerra Mundial había dado paso a las armas químicas, con ataques letales a gran escala, y a los lanzallamas portátiles (artefactos que escupían “un chorro de petróleo ardiendo que destruía todo lo que había a su alcance”); frase entrecomillada que recojo del libro El reconstructor de caras (Capitán Swing), de Lindsey Fitzharris.

La destrucción producida reclama una reconstrucción, la cual incluye recuperar a los supervivientes; físicamente, en primer lugar. Fitzharris ha escrito un ensayo documentado y espeluznante sobre esta recuperación física, en especial la que corresponde a la cara, mediante cirugía plástica. Si un soldado con una pierna amputada despertaba respeto, una cara monstruosamente deformada causaba asco y rechazo: “Se les había arrebatado la identidad misma”.

El protagonista principal de este libro nació en Nueva Zelanda, el 17 junio 1882. Se llamaba Harold Gilles y era el menor de ocho hermanos, se hizo otorrinolaringólogo, médico especializado en oído, nariz y laringe. Intervino por Inglaterra en la Primera Guerra Mundial y estuvo asignado en Francia, cerca de Calais. Debía supervisar como cirujano a los odontólogos o dentistas, incluso a una celebridad como Auguste Charles Valadier (pionero en diversas técnicas faciales, entre ellas los injertos de piel). Gilles nunca había trabajado en cirugía reconstructiva, pero obligaba a ello los numerosos heridos en la cara (atrozmente desfigurada en muchos casos) que no podían comer ni respirar. Gilles observó que las heridas faciales empeoraban si se cerraban sin limpiar una zona repleta de bacterias por la deficiente higiene dental. En especial, para la reconstrucción de mandíbulas recurrieron a técnicas odontológicas, no se podían limitar a los tejidos superficiales. No había que apresurarse a cerrar una herida facial sin tratar antes las lesiones de la estructura.

Gran aficionado al golf, Gilles supo ganarse el corazón de los soldados convalecientes por su buen humor y su afición a bromear. No sólo reconstruía sus rostros, sino sus ánimos absolutamente maltrechos. Tenía además verdadero cuidado por las necesidades de cada paciente al formular su tratamiento. Debía configurarles máscaras adecuadas y se llegaba a preguntar, ante el hombre anestesiado que yacía en el centro de la habitación, quién sería antes de la guerra y en quien se convertiría una vez terminadas las dolorosas operaciones.

 Concluyamos con el testimonio de un soldado cuyo rostro quedó terriblemente desfigurado y fue tratado por Gilles: “Tengo miedo de ponerme bien. Cuanto antes me recupere, antes saldré ahí fuera, y, sinceramente, eso es algo que no quiero hacer”. Sentía pánico a cómo sería visto y a las reacciones de rechazo y desagrado que produciría en los demás, aun en silencio. Todo esto lo captaba el benemérito doctor Gilles, con empatía emocional, con humanidad.

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