La perturbación geopolítica que Trump está provocando, y aún no toma posesión

En el plano económico global, destaca la competitiva confrontación con China, a quien considera una amenaza económica y estratégica

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Donald Trump. Foto: EuropaPress

 

Como ya es evidente, el solo triunfo de Donald Trump, ha generado un significativo cambio en la compleja dinámica geopolítica, que está alterando el panorama mundial en casi todos sus frentes. 

En el plano económico global, destaca la competitiva confrontación con China, a quien considera una amenaza económica y estratégica. La guerra comercial entre ambos países perturbó las relaciones bilaterales, promovió una rivalidad abierta y ha provocado una disrupción en las cadenas de suministro globales. 

Pero, en un frente más cercano, se ha elevado el tono de las relaciones con México, al cual amenaza con nuevos aranceles para sus productos y mayor control en el tránsito, en parte, como posible respuesta a los problemas fronterizos y con el narcotráfico en ese país. 

En el ámbito político internacional, crece entre los aliados la incertidumbre respecto a las implicaciones sobre el compromiso estadounidense con la seguridad global, que podría tener su relación, aparentemente cercana, con líderes como Vladimir Putin y Kim Jong-Un. Agréguele los precedentes y las amenazas de retirar a Estados Unidos de varios acuerdos y organizaciones clave, incluyendo el Acuerdo de París sobre cambio climático, el Acuerdo Nuclear con Irán (JCPOA), y la Organización Mundial de la Salud (OMS). También está el escabroso tema de sus cuestionamientos a la ONU y a la OTAN, y sus acusaciones y amenazas a los países que “no contribuyen económicamente lo suficiente”, lo cual ha generado cierta expectativa en Europa.

Estas decisiones reflejan su preferencia por la soberanía nacional, antes que la cooperación multilateral, creando una nueva etapa en el nacionalismo económico.

Otro tema, esta vez con relación al medio oriente, es su respaldó a iniciativas como los Acuerdos de Abraham, una serie de acuerdos diplomáticos firmados en 2020 entre Israel y varios países árabes, incluyendo los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, y que podrían aproximarnos a la postura que tendrá su gobierno frente a la actual situación en Siria, con  el gobierno de Al Assad derrocado, la amenaza de los rebeldes de islámicos y la inestabilidad política que esto traerá.

Estos acuerdos, marcaron un hito en las relaciones entre Israel y el mundo árabe, ya que establecen la normalización de relaciones diplomáticas, comerciales y culturales, aunque su principal propósito político es fomentar la paz y la cooperación en la región, así como abordar temas de seguridad y desarrollo económico. No olvidemos el traslado de la embajada de EE. UU. a Jerusalén, reconociéndola como capital de Israel, lo cual fue percibido por muchos países como un acto de toma de posición frente a las aspiraciones palestinas y en las relaciones con el mundo árabe.

Luego está la “papa caliente” de la operación que se propone la deportación masiva de individuos que están en el país ilegalmente.

Hablamos de que hay alrededor de 44 millones de inmigrantes en Estados Unidos, de los cuales unos 19 millones son latinos que pueden verse afectados, incluidos los pocos venezolanos (unos 2.000 según la ACNUR, aunque seguramente son muchísimos más y podría estar cerca de los 800 mil), pues la deportación alcanzaría a 11 millones de personas, entre delincuentes, personas con antecedentes penales o policiales, indocumentados, y a sus cónyuges, hijos y familiares relacionados. 

Finalmente, está el asunto de las relaciones con los países de América Latina y el Caribe que tienen gobiernos auto calificados como autoritarios o no democráticos.

Trump señaló al gobierno de Venezuela, como "la narco-dictadura de Maduro"; al gobierno de Cuba, como un "régimen criminal enemigo de Estados Unidos", y definió al gobierno de Nicaragua, como "un centro de migración masiva ilegal".

Así que su postura contra los gobiernos que denomina “autoritarios y no democráticos” de la región es dura y firme, por lo cual es muy probable que mantenga contra ellos una política similar, o más severa, como sugiere el equipo de colaboradores que ha comenzado a nombrar.

Se ha publicado que su administración ya comenzó a contactar a líderes exiliados de estos países, para trabajar juntos en fortalecer la oposición a estos regímenes.

Respecto a Venezuela, su política anterior de “máxima presión” podría escalar, pues ha dicho reiteradas veces, que “todas las opciones están arriba de la mesa”, incluida la posibilidad de una intervención militar.

Habría que añadir que el reconocimiento de Edmundo González Urrutia como “presidente electo” de Venezuela, por parte de Blinken en la reunión del G-20 en Brasil, marca un momento clave, aunque tardío, en la política de la administración Biden-Harris respecto al país y agrega un nuevo elemento de presión sobre el gobierno, del cual Trump podría valerse, considerando además, el apoyo que ha dado el G-7 a tal reconocimiento. 

En enero veremos.

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