“La guerra en los Países Bajos” fue la contienda más larga mantenida por España: duró ochenta años
Reseña del libro escrito por Anton van der Lem
El cordialísimo encuentro entre los monarcas reinantes en España y Holanda nos demuestra que la historia tiene quiebros que fueron con seguridad imprevisibles siglos atrás. En efecto, los Austrias españoles mantuvieron su más larga guerra precisamente en los Países Bajos. El que fue conservador de impresos anteriores a 1801 en la biblioteca de la Universidad de Leiden Anton van der Lem explica aquella larga y asendereada contienda que duró ochenta años en su libro “La guerra en los Países Bajos. Historia ilustrada del conflicto 1568-1648” (Marcial Pons editor) que ha tratado de redactar como una obra divulgativa destinada no a los expertos, sino al lector en general.
Tuve ocasión de entrevistar hace unos años al príncipe de Ligne en su castillo de Beloeil, en Valonia y en nuestra conversación evocó que “durante varios siglos fuimos españoles”, un comentario amable, pero en realidad inexacto. Los condados y señoríos de los Países Bajos pertenecieron ciertamente al patrimonio de casa de Austria española como recuerda Van der Lem, pero fueron siempre entidades políticamente soberanas que sólo compartían con Castilla y Aragón (y con y los reinos de Italia o el Nuevo Mundo y durante algunas décadas con Portugal) el mismo soberano. Algo que Carlos I -nacido en Gante- entendió muy bien, pero no así su hijo Felipe II, empeñado en administrar su imperio de forma mucho más centralizada. “Los habitantes de los Países Bajos no querían en absoluto alzarse en rebelión. No se consideraban a sí mismos rebeldes y buscaban simplemente defender el sistema tradicional de gobierno por el cual el soberano gobernaba mediante consultas con sus representantes y de acuerdo con los derechos y privilegios que había jurado respetar en su investidura”. Las causas de la guerra, fueron, por tanto, por el derecho a la autodeterminación, la participación política y la libertad de culto, algo esto último que le resultó imposible de aceptar a Felipe II, lo que provocó disensiones entre algunos príncipes locales (el de Orange se negó a perseguir a los protestantes cuando todavía era católico; claro que luego se hizo calvinista…).
El disgusto de la nobleza después del nombramiento del cardenal Granvela y el incremento de las persecuciones a los reformados promovió el Compromiso de los Nobles de 1566 en el que se pidió al monarca que las detuviera y que convocara Estados Generales. Pero en la Corte había dos partidos enfrentados: el de los moderados, con Éboli y Eraso y el “duro”, capitaneado por Alba. Que fue el elegido por el rey para ir como gobernador a Bruselas y aplastar la insubordinación. Su gestión, extraordinariamente violenta con la creación del Tribunal de los Tumultos o de la Sangre, tuvo como respuesta el inicio en 1568 de las hostilidades por el príncipe de Orange, quien siempre dijo que no le hacía la guerra a su rey, sino a los sus malos consejeros. “Nunca rompió con el monarca, sino que había rescindido su colaboración con el gobierno porque se sentía insatisfecho con su gestión”. Cuando el duque abandonó el gobierno Felipe II diría que “Alba le había costado los Países Bajos”.
Aún habrían de ocurrir muchas cosas. Numerosas campañas militares, principalmente asedios más que batallas en campo abierto (en los que algunas poblaciones se defendían de sus asediadores inundando el territorio circundante), creciente predominio marítimo de los sublevados, amotinamiento de tropas por falta de pago de sus soldados, saqueos y violaciones en la ciudades conquistadas, con enorme salvajadas de la tropas del rey -en las que los españoles no eran más del diez por ciento de la tropa-, pero también de los calvinistas o de los mendigos del mar. Se produjeron intentos de mediación, como la Pacificación de Gante de 1579, cuyo fracaso supuso la partición de los Países Bajos en dos, la Unión de Arras en el sur y la Unión de Utrech en el norte, a lo que siguió la definitiva ruptura de esta última con la corona cuando los Estados Generales de 1581 depusieron a Felipe II como su soberano y proclamaron como tal al duque de Anjou (que duró muy poco, “era un canalla” dice el autor).
El cansancio de un conflicto tan largo favoreció la Tregua de 1604-1621, que de todas formas supuso “el mayor triunfo para la República pues “los archiduques reconocían en nombre del rey español las Provincias Unidas como regiones, provincias y Estados Libres sobre los que no tenían potestad” lo que “supuso una pérdida se reputación significativa para la corona española”.
Hubo una segunda fase de operaciones tras el fin de la tregua con diferentes estrategias, pero la consolidación de la fuerza de los sublevados -aunque también el agotamiento de sus recursos-, el apoyo de Francia y los problemas peninsulares sobrevenidos -separación de Catalunya e independencia de Portugal, favorecieron un acuerdo de paz que se firmó el 30 de enero de 1648. Fue la Paz de Münster con la que se puso fin no sólo a un enfrentamiento entre el monarca español sino una verdadera guerra civil entre neerlandeses pues los hubo en ambos bandos y de hecho marcó, con la identificación religiosa de unos con la reforma protestante y de otros con el catolicismo, dos personalidades distintas ,circunstancia que demuestra que ”la separación no era solamente política y militar, sino que el Norte y el Sur tenían una mentalidad diferente”. La historia ha acabado refrendándolo: hoy, con algunas variaciones en las fronteras de antaño, son dos estados: Holanda y Bélgica.
Escribe tu comentario