La energía de Europa depende de Moscú

La Unión Europea cada vez es más dependiente a nivel energético y Rusia se ha convertido en su principal suministrador. Análizamos de la relación de dependencia entre las dos potencias.

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Entre los muchos problemas que enfrenta la Unión Europea por carecer de una política exterior común, hay uno que amenaza su propia soberanía: la dependencia energética. Según los últimos datos del Eurostat, del 2016, más de la mitad de energía consumida en la UE proviene del exterior (53,16%). De momento, el Club de los 27 no ha conseguido encontrar una solución para frenar esta situación. Según la Comisión Europea, en 2020 la dependencia energética ha llegado hasta el 60%. 


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Los países de la Unión menos dependientes enérgicamente son Dinamarca (13,9%), Rumanía (22,3%), Polonia (30,3%), Suecia (31,9%) y República Checa (32,3%). En el otro extremo tenemos a Malta (100%), Chipre (96,2%), Luxemburgo (96,1%), Italia (77,5%), Lituania (77,4%) y Bélgica (76,0%). 


La situación se vuelve más problemática al observar que de los cinco países que más energía consumen en la Unión, tres superan la media europea con creces. El 63,5% de la energía consumida por los alemanes es importada. En el caso español es un 71,9% mientras que Italia está en el podium de los países del Club que más importan, aproximándose al 80%. Por debajo de la media comunitaria tenemos a Francia, que importa un 47,1% de la energía.


Pero, ¿por qué es importante ser autosuficiente energéticamente? En primer lugar, cuanto más independiente energéticamente sea un país o una región, tendrá más margen de decisión sin depender de agentes exteriores. Carecer de un recurso primordial para un estado lo convierte en dependiente de otro. Si por circunstancias físicas una región geográfica debe importar grandes cantidades de energía, es importante que los suministradores sean varios y que ninguno destaque sobre los demás. De no ser así, podría quedar subordinada permanentemente a los intereses de un sólo vendedor.


Ahí es donde radica uno de los principales riesgos de la UE: Casi dos tercios del petróleo crudo importado a la Unión provienen de Rusia (32%), seguido de Noruega (12%), Nigeria y Arabia Saudita (ambas con un 8%). En el caso del gas natural, los principales suministradores de la Unión son Rusia (40%), Noruega (25%) y Argelia (12%). Por último, las importaciones de combustible sólido (carbón) vienen de Rusia (30%), Colombia (23%) y Australia (15%).


Ésto significa que casi un tercio del petróleo y del combustible sólido de la UE, y un 40% del gas natural, provienen de Rusia, un socio con el que ni siquiera comparte la misma visión del mundo y con el que tiene un conflicto constante. Esta situación deja al Club de los 27 en una posición de vulnerabilidad frente a su vecino eslavo. Si en Moscú decidiesen cortar el suministro europeo, la Unión se vería inmersa en una crisis de gran embergadura.


LA UE NECESITA EL GAS DE RUSIA

Las importaciones de gas natural representan el principal problema. Rusia destaca con un elevado porcentaje frente a los otros países exportadores. Atendiendo a la dependencia de gas ruso, hay tres tipos de países en la UE: En primer lugar están los que no importan o importan muy pocos hidrocarburos gaseosos de Rusia. En este grupo están Bélgica, Chipre, Dinamarca, España, Estonia, Irlanda, Luxemburgo, Malta, Portugal, Reino Unido y Suecia. Algunos de estos estados presentan índices altos de autosuficiencia, mientras que otros compran la energía a otros países. 


En el segundo grupo están los que tienen una dependencia intermedia, comprando entre un 15 y un 40% del gas natural a Rusia. Se trata de Países Bajos (17,3%), Francia (22,7%), Italia (30,8%) y Alemania (40,5%).


Por último tenemos a los rusodependientes en el este de Europa, que compran más del 50% del gas a Moscú. Entre ellos están Austria, Eslovenia, Grecia, Hungría, Polonia, República Checa y Rumania. En este grupo se debe destacar los casos de Bulgaria, Eslovaquia, Finlandia, Letonia y Lituania, que importan el 100% del gas de Rusia. Croacia, la última en entrar en el club, se ha unido al grupo de los rusodependientes. En 2018 los rusos aportaron un 70% del gas consumido por Croacia , un país que a principios de la década presentaba unos altos índices de autosuficiencia de hidrocarburos gaseosos


La tendencia, en general, es seguir comprando cada vez más gas a Rusia. Según la agencia de noticias rusa Sputnik, Lituania, Austria, Eslovaquia y Alemania aumentaron sus importaciones de gas ruso en 2017 . Destacan los casos de Letonia, que aumentó sus suministros en un 47% y Alemania, que incrementó sus importaciones en un 7%. Alemania, pese a no ser el país de la UE más dependiente del gas ruso en porcentaje, es el principal importador por su número de población.


Los germanos no quieren dejar de comprar gas ruso y están construyendo el Nord Stream 2, un nuevo gaseoducto que conectará ambos países a través del Mar Báltico. Esta nueva infraestructura, con el mismo recorrido que el Nord Stream 1, permitirá que aumente el suministro de gas ruso a Alemania, por lo que parece que los germanos no quieren frenar esta tendencia. Berlín tiene dos caras que ofrecer a los rusos: Es uno de los países de la UE con más entusiasmo a la hora de aplicar sanciones a Moscú. Sin embargo, no tiene ningún inconveniente en ser quien más consume su gas.


Nordstream



Según Donald Trump, esta situación conlleva que Alemania esté "controlada por Rusia". El presidente de los Estados Unidos apeló a Angela Merkel, recriminándole que “no debería haber dejado jamás que pasara”. Merkel respondió que Alemania tiene su política independiente y que toma sus propias decisiones. Con una dualidad maquiavélica, la canciller alemana afirma el Nord Stream 2 es un proyecto "púramente económico" en el que la política no tiene por qué meterse.


La posición adoptada por Alemania se puede entender por diferentes razones. La primera es que los depósitos de gas europeos están cada vez más vacíos. Los especialistas del Instituto de Oxford para Estudios Energéticos afirman que en 2020 las extracciones de gas en la UE pueden reducirse en un 14%, y en 2030 hasta un 47%


Además, la situación de los vecinos de la UE parece que favorece la tendencia rusa: En 2018 las exportaciones de gas en Libia se paralizaron después de que se detectaran problemas en el gaseoducto Greenstream, que une al país con Italia. Argelia subió el precio del gas, asustando a sus compradores, mientras que Noruega detectó problemas en el yacimiento Skarv y tuvo que realizar obras de reparación. Los vecinos fallan, en Europa cada vez hay menos gas y Alemania, priorizando su seguridad energética, acaba pactando con el enemigo, aunque sea con los ojos tapados.


El nuevo gaseoducto también es una jugada maestra de Merkel. Alemania podría acabar comprando más gas del necesario a Rusia para revenderlo a sus socios de la UE. Teniendo en cuenta que muchos países del Club son alérgicos a tratar directamente con Rusia, Berlín podría encontrar una gran oportunidad de negocio ofreciéndose como intermediario. 


Además, al construir infraestructuras en conjunto con Moscú provoca que Rusia se vuelva dependiente de la venta de petróleo a Alemania. Por otro lado, Rusia necesita seguir vendiendo sus recursos primarios, entre ellos la energía, para seguir siendo influyente en la política internacional y mantener su solvencia económica. El consumidor también tiene poder, y Merkel lo sabe. Moscú no podría cortar los suministros a Europa sin acabar quebrando. Los recursos naturales son la principal fuente de poder del estado ruso.


LA DEPENDENCIA ENERGÉTICA DESTRUYE LAS SOCIEDADES

Hay una consecuencia directa de la dependencia energética que parece difícil de ignorar: cuánto mayor sea su factura en un país o región, menor será la competitividad de sus empresas. La circunstancia puede empeorar en casos de crecimiento económico moderado, ya que el consumo de recursos será mayor y puede acabar aumentando el déficit del país. 


Oficina paro



Para el profesor de Historia Económica Jesus Ramos-Martín, “esto quiere decir que el país tendrá cada año menos renta disponible para el resto de usos: consumo e inversión privados y gasto público, y que estaremos transfiriendo cada año más renta a los países exportadores de combustibles fósiles. En resumen, creceremos para pagar cada vez más por la energía necesaria para ese crecimiento y no nos beneficiaremos de ese crecimiento en términos de puestos de trabajo o mejores niveles de vida material”.


UNA SOLUCIÓN LEJANA

El principal problema que tiene la UE para reducir la dependencia energética es la carencia de una política de seguridad energética común. Si conectase sus mercados energéticos podría conseguir la suficiente fortaleza como para no ser tan vulnerable a un corte del suministro. Además, con una apuesta más firme y conjunta por las energías renovables, la UE podría ser más autosuficiente. Pero para ello los estados deberían renunciar a proteger la competencia de sus grandes empresas del sector energético y abordar una política común.


El Brexit puede ayudar a que en la UE se llegue a un acuerdo, ya que el Reino Unido ha sido siempre uno de los más reticientes a dejar su política energética a manos de Bruselas. Pero parece complicado con la situación política actual: Alemania ya está jugando su propia partida en el negocio energético y la UE, en general, está aturdida por la proliferación de partidos contrarios al multilateralismo.



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