Concha Velasco: “Yo lo que quiero es llenar”
A estas alturas de su devenir ¿qué es lo que puede esperar Concha Velasco? Nos lo dijo con claridad y es algo bien sencillo “Yo lo que quiero en llenar (el teatro, claro), y que cuando llegue a mi camerino, en la taquilla del local esté colgado el letrero que reza «no hay localidades»”.
Llegar a los 82 años y seguir subiéndose a un escenario cinco o seis veces por semana es todo un reto que sólo una actriz de la categoría artística y fuerza de voluntad de Concha Velasco es capaz de hacer. Lo reitera de nuevo en el Teatro Goya de Barcelona con el monólogo “La habitación de María” que le ha escrito a la medida su propio hijo Manuel Martínez.
Desde el mismo comienzo de la función constatamos que estamos ante la Concha de siempre. Para nuestra modesta opinión, una de las dos grandes actrices del mundo del espectáculo contemporáneo español con Nati Mistral, porque ambas han sabido cantar, bailar, recitar e interpretar. Desde una revista a un drama, pasando por cualquier comedia. Y cuando lo han hecho en teatro, como es ahora mismo el caso de Concha Velasco, hablando de aquella forma en que lo hacían las actrices y actores de antaño, es decir, vocalizando, diciendo cada palabra de forma inteligible, sin gritar demasiado, pero también sin hablar para sus adentros. Es lo que se llama oficio, aunque en caso de Concha y Nati, elevados a la excelsitud.
Martínez ha escrito un texto que se ajusta como un guante a su progenitora que, en esta ocasión, asume el papel de una escritora famosa y galardonada pero que, recluida en su domicilio por culpa de su rechazo a las concentraciones humanas, lo que ha venido en denominarse “agorafobia”, celebra en soledad el premio literario que le acaban de otorgar y su cumpleaños. Es entonces cuando se ve obligada a enfrentarse a un incendio desde el piso cuarentaytantos del rascacielos en el que reside y en esta tesitura no sólo se ve obligada a abandonar su aislamiento, sino además a constatar cómo resurge el fantasma de un personaje desaparecido cuyo recuerdo guardaba encerrado precisamente en “la habitación de María”.
Con cuando hemos dicho es fácil colegir que lo importante de esta función no es el texto, ni el desarrollo argumental de una trama sencilla que permite a Concha Velasco encarnar su personaje sin moverse prácticamente de la silla durante toda la función. Lo que interesa y con lo que disfruta el público es oyendo a la actriz, captado los matices de una voz que le resulta conocida de tanto que la ha oído en teatro, pero también en cine y en televisión y que sigue sonando limpia, clara, excelentemente entonada y adecuadamente adecuada para expresar en cada momento el talante y las sensaciones del personaje que encarna.
Se dio la circunstancia de que asistimos a una representación en la que también estaba presente su productor, Jesús Cimorra, al que Concha saludó desde el escenario una vez se hubieron acallado los aplausos del respetable. El caso es que, sea por la presencia de Cimorra, sea por el entusiasmo que había demostrado el público, la longeva actriz pronunció unas palabras finales recordando su ejecutorial vital y las aderezó nada menos que con la interpretación de una canción que nos hizo recordar aquella muchacha pizpireta que cantaba el chotis “Viva Madrid” o “La chica ye-ye” y que se inició en el teatro cuando Celia Gámez quedó satisfecha de sus aptitudes después de haber constatado cómo eran… sus muslos. Que, en esta profesión, todo tiene su importancia.
A estas alturas de su devenir ¿qué es lo que puede esperar Concha Velasco? Nos lo dijo con claridad y es algo bien sencillo “Yo lo que quiero en llenar (el teatro, claro), y que cuando llegue a mi camerino, en la taquilla del local esté colgado el letrero que reza «no hay localidades»”. Pues bien, eso es exactamente lo que había ocurrido aquella tarde.
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