A los antiguos amigos

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

Gente Manifestacion


Pertenecisteis al comité de recepción de mi recién estrenada inmigración juvenil. Esa que llevamos a cabo muchos de nuestra generación no por necesidad vital ni para salir de la pobreza, sino por el hecho de cambiar de vida y de personas, de darle a la vida profesional que comenzábamos a ensayar, un nuevo escenario con nuevos personajes. Me acogisteis, creo, sin la voluntad expresa de hacerlo, o tal vez sí, se que fue fácil. Se trataba de unirse a los que cenábais juntos, compartir mesa, y conversa; de despertarnos de madrugada en una playa de la Costa Brava, o de recorrer paisajes que me parecieron nuevos, distintos y cambiantes de un país que parecía tenerlo todo: montañas y mar, románico y Miró, canciones y un idioma para cantarlas. Abristeis las segundas residencias de vuestros padres para que la fiesta continuara y se extendiera. A mi precaria economía de ex estudiante y neo-profesional le aportasteis la fraternidad de la invitación, la cena pagada a escote, y ofertas de trabajos ocasionales, variopintos y necesarios para llegar a fin de mesCambiabais de idioma cuando advertíais que la tensión por seguir las conversaciones amenazaba con descoyuntar mi cuello. Me acompañasteis a los lugares míticos donde el esnobismo cocía esa cultura catalana que envidiábamos desde el centro provinciano. Fuisteis y fuimos intercambiadores de libros difíciles de encontrar y de músicas nuevas; nos cuchicheábamos obras de teatro o proyecciones de cine en locales ocultos; atravesamos la siempre inquietante frontera para encontrar la cultura libre y trasgresora que aquí se nos prohibía; reímos a mandíbula batiente con el humor de las revistas que nacían un día, y nos indignábamos cuando las secuestraban al siguiente.


Nuestras conversaciones a menudo versaban sobre lo diferencial, lo que hacía que Catalunya fuera diferente del resto de España: la historia política y, sobre todo, el idioma que vertebraba no solo una cultura, sino la lucha política y la defensa de la identidad. Me era fácil entenderlo porque venía de una lucha por las libertades y la cultura, la libertad de expresión y de asociación, contra un franquismo decrépito que se resistía a morir y aún nos daría algunos sustos en los estertores de su agonía. Éramos de izquierdas y eso, a pesar de las diferencias, a veces encarnizadas, englobaba todo lo que representara libertad, solidaridad y justicia. Eso incluía los derechos de cada ciudadano de Catalunya al uso absoluto de su idioma y a la capacidad de tomar decisiones políticas para regir su destino. Era , no se como decirlo, ¿pro catalán?, como éramos antirracistas o feministas. 


Compartí con quienes me acogieron la emoción de una pertenencia, nueva y desconocida para mí, que venía de una sociedad mestiza y de aluvión.


Pero desde un progresismo racionalista éramos irónicos con las derivas sentimentales hacia lo kitschde una parte del catalanismo que podríamos llamar de cerrado y sacristía. No solo eran bromas, también eran críticas a ese catalanismo que acababa enroscándose en si mismo, victimista, nostálgico de su esencia e identidad sin reconocerse en sus raíces sociales, en muchas ocasiones,de privilegio. Con el tiempo descubrí que yo también estaba alcanzado por esa pertenencia emocional a los territorios físicos o mentales que habían conformado el puzzle de mi identidad. De todas maneras las críticas quedaban amortiguadas por el enemigo común eterno y tenebroso.


Costaba creer que el dictador había muerto, su régimen se había infiltrado de tal manera en la cotidianidad, que no era fácil pensar como podría ser de otra manera. También esa misma racionalidad de izquierdas nos hacía desconfiar de los cambios. Sabíamos que los regímenes, la institucionalización de una ideología, no depende de sus actores y el “atado y bien atado” resonaba como una amenaza de una continuidad infinita. Pero poco a poco se fueron abriendo esperanzas, se produjeron cambios alentadores y surgieron actores insospechados y decididos. La ciudadanía empezó a hacerse oír, a organizarse, a expresar sus reivindicaciones. Hubo momentos en los que pareció que todo era posible, que aspiraciones de todo tipo iban a tener su lugar y su respuesta.


Coetáneo con la transición fue el desencanto. Pronto se vislumbró que esas aspiraciones ilusionantes también eran ilusorias y que los cambios no alcanzaban la radicalidad que nuestro progresismo esperaba y que estaban limitados por los poderes facticos (económicos, militares oreligiosos), la geopolítica mundial y el peso de una historia reciente. La derecha tradicional temporalmente acomplejada por su connivencia con el régimen franquista no había perdido su poder y su capacidad de influencia. Pronto entendimos que aquello no iba a ser una revolución social; que se trataba de modernizar el país, de alinearlo dentro del conjunto de las democracias capitalistas de occidente; de conseguir un conjunto de servicios públicos propios del estado del bienestar (sanitarios, educativos y de prestaciones sociales); que el resultado sería una transacción entre muchos poderes y tensiones, y que muchos sueños, aspiraciones e ideales iban a ser abandonados en el camino. Así y todo esa transición no fue fácil. Durante años cada mañana de nuestros transistores salían noticias como gotas de plomo fundido:un coche bomba aquí, un secuestro allá, ametrallamientos, tiros en la nuca y ruidos de sables. Algunas críticas actuales de la transición corresponden con la moda pseudohistórica de interpretar el pasado desde el presente, en lugar de entenderlo en el contexto y las condiciones de su tiempo. Acostumbran a ser trampas interesadas.


En ese tiempo mis amigos y yo nos encontramos en la reivindicación de más libertad, porque habíamos carecido de ella; de una amnistía que sacara de la cárcel a los represaliados de la dictadura, y de un estatuto de autonomía que diera a Catalunya órganos de gestión política propios. 


En un terreno más personal buscamos que el desarrollo de nuestra actividad profesional correspondiera a esos ideales de servicio público, de progreso social y de crítica al poder establecido que los obstaculizaba. Y estos temas llenaron nuestros encuentros y en ocasiones desencuentros cuando defendíamos opciones que considerábamos más avanzadas o más eficaces. Más radicales o más posibles, pero siempre articulados por el eje de esa izquierda liberal, igualitaria y solidaria.


Pero es cierto que la transición dejó muchos temas pendientes y sin resolver. Entre ellos la articulación de un Estado complejo compuesto por territorios, culturas e historias diversas, a veces trágicas. La revisión de este asunto ha llegado en el cruce de diversos conflictos: un cambio político que ha alterado el orden internacional; una crisis económica que ha afectado a las relaciones sociales y laborales y creado descontentos que no han podido ser gestionados adecuadamente por los sistemas políticos en crisis; en España la subida al poder de la derecha tradicional nacionalista y centralista, y en Catalunya el relevo en el poder de un nacionalismo moderado y posibilista, por el independentismo maximalista. Todo ellohace prácticamente inviable una solución política de negociación y pacto, aunque ambas partes los reclamen. A la reclamación de un Estado propio el gobierno de la derecha responde con la aplicación de la ley que no puede admitirla. En fin, todo esto ya lo sabemos, esta en las noticias de cada día.


A donde quería llegar es a los amigos de quienes hablaba al comienzo. A los que me recibieron y con los que compartí mesa, conversa y los ideales de un progresismo de izquierdas que incluía una idea de una Catalunya más libre en consonancia con una España también progresista y de izquierdas. Muchos seguimos juntos, pero no todos. Ese eje que nos articulaba ya no es el mismo para todos.Para algunos de ellos el eje nacional, la lucha por el Estado propio, ha pasado a ocupar el centro de su ideal y suponen y defienden que ese Estado cumplirá aquellos ideales progresistas por el simple hecho de no pertenecer al estado español.


Lo siento, creo que el cambio ha supuesto una pérdida, y no puedo dejar de lamentarlo. Los encuentros se han hecho difíciles, iniciamos tímidas conversaciones de tanteo para saber donde situar al otro, advertimos el desacuerdo, hacemos declaraciones de que la amistad está por encima de estas diferencias, pero no es lo mismo: o eludimos el tema y sabemos que sigue ahí presente en el silencio, o nos adentramos en él para estar al rato enzarzados en una agria discusión. Ya no son los miembros del comité de recepción que me acogieron en esta tierra. Tal vez tenga que ser así. Las personas cambian, de club de futbol, de pareja, de amigos, de ideas, de gustos artísticos o gastronómicos, nos guste o no, y no nos queda más remedio que aguantarlo. Pero lo siento, me duele y me pregunto si esto se da a una escala más amplia en lo social, qué efectos puede tener en la ciudadanía. 


¿Si una idea separa, silencia o confronta a parejas, grupos de amigos o familias, entran en la preocupación o en los cálculos de sus gestores estas consecuencias?


La diferencia y la separación son mas graves cuando se les atribuye cualidades morales. Se empezó defendiendo el derecho a decidir, y quién puede estar en contra de algo formulado así. No eres buena persona si estas en contra. Alguien dijo España nos roba, y¿quién quiere pertenecer a un estado ladrón?¿O quien puede negociar con alguien que te llama ladrón? ¿Si estas en desacuerdo con la república catalana,estas de acuerdo con un estado represor o fascista?¿La independencia de Cataluña es una opción política o es la democracia misma?¿Estar en contra te sitúa en el lugar de los anti demócratas? Nadie quiere tener amigos así.


¿Sigo siendo para los amigos que me recibieron progresista de izquierdas o mi defensa de los lazos históricos, culturales, emocionales que me unen a España me sitúan en la derecha para franquista? ¿Puedo seguir considerando progresistas a mis amigos independentistas?


Un personaje de la novela de Amin Maaluf 'Los desorientados' se refiere a alguien como un antiguo amigo. Su mujer protesta: se puede ser un ex amigo si has reñido con él, pero como se puede ser un antiguo amigo: “Si mañana riñese con mi hermana ¿se convertiría en mi “antigua” hermana?” Le pregunta. “Es diferente”, contesta él, “un hermano es familia”. Existen identidades de pertenencia e identidades de elección; pertenecemos a una familia, o a la nación en la que nacimos, elegimos al amigo o a la tierra en donde nos hemos afincado y decidido vivir. ¿Qué ocurre cuando cambian las afinidades con lo que hemos elegimos? ¿Estáis empezando a ser antiguos amigos?

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