Fotograma de la película "The young Frankenstein", de Mel Brooks (1974)
Estaba en la carnicería de mi barrio, en la que el personal y parte de la clientela saben desde hace tiempo que soy médico. La espera se iba alargando y surgió, como suele suceder, una conversación sobre bueyes perdidos. Se dio en hablar, finalmente, de las profesiones de los presentes y un empleado dijo que yo era médico. La gente se lo tomó con calma, pero cuando alguien me preguntó por mi especialidad y respondí que soy psiquiatra se produjo un revuelo del que, estoy seguro, no se hubiera sucedido si mi especialidad fuera la cardiología o la traumatología.
Cuando aparece una referencia a la salud mental o a la normalidad psíquica todo el mundo parece sentirse interpelado. Al menos así sucedió en la carnicería. A medida que la idea de normalidad se va mistificando la gente se va sintiendo expulsada del campo de lo psíquicamente sano. Lo normal se convierte en un ideal, en una aspiración, en una meta imposible de alcanzar. Como de hecho es una entelequia no está en ninguna parte y su persecución deja a las personas sumidas en una angustiante impotencia.
La normalidad, en lo que al alma se refiere, es un concepto absolutamente difuso y, como tal, confunde mucho más de lo que ilumina.
En los manuales de psiquiatría contemporáneos se le suele dedicar uno de los capítulos introductorios y, en lo que hace al esclarecimiento del significado del término, no aportan absolutamente nada. Cuanto más se esfuerzan los autores por llevar a la psiquiatría al campo de las ciencias empíricas -es la orientación de la llamada psiquiatría biológica, corriente dominante sobre todo en la psiquiatría pública- más mengua su voluntad (o capacidad) de abstracción y menos sólidas son sus construcciones conceptuales.
Véase dos definiciones:
1 - Normal es un término estadístico, que hace referencia al promedio aceptado.
2 - Normal es todo aquello que se encuentra en su medio natural. Lo que se toma como norma o regla social, es decir, aquello que es regular y ordinario para todos.
La primera definición no es aplicable a lo psíquico: las variables no son mensurables, por lo que la idea de un promedio resulta ajena a este campo.
La segunda, en apariencia más aplicable, esconde una cuestión de mayor enjundia en tanto implica una dimensión ideológica: ¿cuál es el medio natural en lo que a lo psíquico se refiere, quién determina lo que se toma como norma social, quién y cómo establece qué es aquello regular para todos?
La posición de los profesionales del campo de lo psíquico respecto a esta cuestión es extremadamente importante ya que forma parte del núcleo duro de la forma de entender el funcionamiento de la psique humana y, consecuentemente, determinante de la manera de trabajar de psicólogos, psicoterapeutas y psiquiatras.
Básicamente hay dos perspectivas que surgen de la siguiente partición de aguas: o se intenta a conducir (y adaptar) a los pacientes a una hipotética normalidad o se acepta que no hay un modelo al que adaptar a las personas y se busca escuchando a los pacientes, colaborar con ellos hasta que encuentran un equilibrio que alivia su sufrimiento y les permite desarrollar sus potencialidades, tanto de producción como de disfrute.
La primera opción opta por mantener intacta la entelequia de una normalidad y pone todos los medios a su disposición, farmacológicos y/o psicológicos, para conducir a sus pacientes a dicha normalidad, eliminando los síntomas con la mayor premura. La idea de normalidad es diferente para cada una de las corrientes que se inscriben en esta opción, el modelo teórico va desde "una rama de la medicina" hasta un "esto es lo que hay que hacer, este es el camino que hay que recorrer para alcanzar la normalidad", pasando por variantes tan diversas como la terapia conductual, una forma de adiestramiento, o el crecimiento personal. En todas ellas hay una normalidad en el horizonte.
Para situarse en esa línea hay que saber qué es normal. Quienes adhieren a esta corriente lo saben y lo son, más allá de que si se les pregunta difícilmente darán una respuesta consistente y de que la normalidad de uno sea absolutamente diferente de la normalidad de otro. De esto último prefieren no enterarse: su reflexión sobre este tipo de asuntos es, en general, pobre cuando no inexistente. Si se sabe qué es lo normal no es necesario pensar en ello.
Es la opción dominante: los medios nos invaden con información psicológica que se sitúa en esta línea y la gente sometida al bombardeo piensa que existe una normalidad psíquica y que ellos no llegan. Como ya vimos, la normalidad se ha convertido en un ideal, con una particularidad: nadie sabe en qué consiste. Por lo tanto es humo: no se puede atrapar. Como el empuje social ordena alcanzarlo el resultado es una ansiedad expectante. Los clientes de la carnicería creen que les vendría muy bien una repasada del psiquiatra para ponerse a punto. Tienen la ilusión de que así llegarían a formar parte del selecto -e inexistente- club de los normales.
La segunda opción, la de interrogar e interrogarse sobre lo que hace que cada uno sea como es para poder aliviar su sufrimiento y encontrar su camino es más compleja y difícil de sintetizar, como es compleja la mente de los seres humanos. . Al contrario que la anterior, no aspira a reconducir a los pacientes a una pretendida normalidad uniformizada sino que apunta a la máxima diferencia. En su horizonte está abrir el camino para que cada persona se desarrolle a partir del conocimiento de su propia naturaleza, y de hacer la experiencia de elaborar aquello que lo ha hecho ser quien es. Entiende que se debe escuchar a los síntomas se resuelven sabiendo lo que vienen a decir.
Resulta subversiva porque opera en la dirección contraria de la corriente mayoritaria y cuestiona la ideología dominante que apunta a la uniformización. Además implica una denuncia: si hay que ser normal y la normalidad es una entelequia el mercado es infinito.
En la consulta se escucha seguido: yo soy anti .pastillas, como si el problema principal de un tratamiento fuera si se dan fármacos o no. Esa disyuntiva esconde el verdadero problema: sin pastillas o con pastillas se trata de ortopedia contra libertad, de sometimiento contra independencia.
La verdadera frontera es ética y conceptual: ¿se conduce al paciente o se trabaja con él? ¿Se dirige un tratamiento o se adoctrina? ¿Se somete a la gente o se la acompaña en la búsqueda de la libertad? En la fantasmagoría popular medicación psiquiátrica se asocia a sedación. Por eso muchos pacientes, cuando se les prescribe un tratamiento farmacológico, preguntan no sin razón si los dejará dormidos. Puede pasar, depende de la justeza de la prescripción.
Lo que queda oculto es que hay ideas que adormecen tanto como los fármacos.
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